En San Juan, ya nadie se siente peronista, pero todos alguna vez lo fueron. Gobernadores, intendentes, libertarios de última hora, rebeldes con causa y obedientes sin gloria: todos partieron del mismo tronco. Pero ese tronco ya no da sombra. Se secó. Lo que queda hoy es un mapa de herederos enfrentados, de excompañeros convertidos en adversarios. Un sistema político que se recicló tanto que ya no se reconoce frente al espejo.

La política sanjuanina atraviesa una transición profunda, casi sísmica. Se acabó el tiempo de los liderazgos incuestionables. Murió el verticalismo funcional. El poder, antes sólido y predecible, se volvió líquido. Hoy, cada fuerza juega su propio juego, con reglas propias y sin árbitro que ordene. Y todo ocurre a la vista de todos. Sin disimulo.

El peronismo tradicional, que durante dos décadas fue sinónimo de hegemonía, se transformó en una estructura dispersa, con referentes que pesan más por el pasado que por el presente. Uñac y Gioja ya no son faros, sino recuerdos. Algunos intendentes aún conservan algo de mística, pero la base se alejó. El caso de Gramajo, figura que nunca termina de aterrizar en un lugar definido, refleja esa incomodidad crónica del viejo PJ. Como señal de época, sus figuras más competitivas ni siquiera nacieron dentro del peronismo. El sello resiste, pero el contenido se diluye.

Frente a eso, La Libertad Avanza se presenta como una fuerza sin territorio, sin intendentes, sin gestión… pero con Milei. El presidente funciona como paraguas simbólico para una estructura local endeble, que vive del arrastre nacional. José Peluc representa un armado que se siente más cómodo cuanto menos tiene que administrar. Todo lo apuesta al impacto emocional. Pero cuando se acabe el viento, habrá que ver si queda algo en pie.

El orreguismo, en cambio, ofrece una gestión sobria, de bajo perfil y sin estridencias. Marcelo Orrego gobierna sin errores groseros, con eficiencia, pero también sin épica. Algunos de sus intendentes tienen buena imagen -como su hermano Juan José-, pero otros, como Susana Laciar, restan más de lo que suman. La apuesta del gobernador es clara: no fallar. Pero también corre un riesgo: si la elección se nacionaliza, su perfil moderado puede no alcanzar. Y su liderazgo, que hoy parece sólido, puede verse puesto a prueba más rápido de lo previsto.

Y entre los emergentes aparece Emilio Baistrocchi, ex intendente capitalino, que rompió con el PJ y armó su propio espacio. Sin estructura, pero con discurso, intenta posicionarse como una opción intermedia. No tiene padrinos ni aparato, pero sí una narrativa que busca representar a los desencantados. Su desafío no es ganar, sino instalarse como voz propia en un sistema que todavía no termina de acomodarse.

Las legislativas de octubre no son una simple elección de medio término. Son el inicio de una etapa. El primer capítulo de un nuevo orden. Cada espacio lo sabe, aunque lo disimule. Orrego se juega su consolidación. El PJ, su supervivencia. Milei, su permanencia. Y Baistrocchi, su nacimiento.

Porque el poder ya no se hereda: se pelea.

Y como en la antigua Roma, el coliseo está abierto. Sin emperadores. Con todos queriendo su lugar en la arena. El pan ya no alcanza. El circo se vació. Y el público, esta vez, no quiere mirar. Quiere jugar.

Que empiece la lucha.

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