El peronismo sanjuanino atraviesa su peor momento histórico. Ya no tiene épica, ni conducción, ni rebeldía. Lo que alguna vez fue un movimiento con vocación de poder y con dirigentes de peso propio hoy es una estructura vacía, colonizada por el miedo y sostenida por el silencio.

El responsable de esta decadencia tiene nombre y apellido: Sergio Uñac.

El exgobernador, que alguna vez prometió renovación y terminó entregado al kirchnerismo más rancio, ahora juega su partido en Buenos Aires. Se disfraza de armador federal, posa con La Cámpora y pretende representar al peronismo sanjuanino ante Cristina y sus voceros.

Pero detrás de ese discurso edulcorado y de las fotos con Wado de Pedro no hay proyecto, ni equipo, ni provincia. Hay un dirigente que ya no puede caminar tranquilo por el territorio que gobernó durante ocho años, que huyó envuelto en escándalos de corrupción y que sólo se mantiene vigente porque dejó sembrada su tropa en los organismos de control: Corte de Justicia, Ministerio Público, Tribunal de Cuentas. Ese es su blindaje. Su seguro de vida.

En Buenos Aires, Uñac vende humo. Se presenta como parte del “peronismo federal”, pero juega con el kirchnerismo duro. Habla de futuro, pero vive de su pasado. Dice defender a San Juan, pero ni siquiera puede pisarla sin mirar por sobre el hombro.

Y lo más curioso: el peronismo sanjuanino lo sigue como si nada. Los intendentes, legisladores y referentes que alguna vez cuestionaron su conducción hoy caminan mansamente detrás de él, sin levantar la voz, resignados a que el partido sea una propiedad privada.

Uñac armó la lista de candidatos a dedo, excluyó al mismísimo Gioja, se impuso sobre todos y hasta forzó la candidatura de Gramajo. Nadie lo enfrentó. Nadie dijo nada. El sanjuanismo político reducido a un coro de obedientes.

El exgobernador no compite: elimina competidores. A su modo, juega “a lo Milei”: concentra poder, destruye la disidencia y borra del mapa a quien ose pensar distinto.

Su acto de mayor disciplinamiento fue, sin dudas, colocar a Cristian Andino —un dirigente que pasó por el bloquismo y el radicalismo, pero nunca fue del PJ— como cabeza visible de su armado. Fue una señal brutal hacia adentro: una lección de poder y sumisión.

Nadie se animó a cuestionarlo. Nadie lo frenó.

Con Gioja, con todos sus aciertos y errores, algo así hubiese sido impensable. El viejo, con su estilo, sabía y practicaba peronismo. Uñac, en cambio, lo vació de contenido, lo convirtió en una franquicia personal.

Su objetivo no es ganar, sino quedarse con el control de la oposición, administrarla, repartir los restos del poder y seguir viviendo de la política.

Porque Uñac no juega a ganar. Juega a ser el primer perdedor, ese que se lleva los cargos, las bancas y el relato de la resistencia.

Como dijo Gramajo en “El Café de la Política”, “el segundo es el primer perdedor”. Lo que Gramajo no entendió es que Uñac juega exactamente a eso: a perder, pero quedarse con todo lo que se reparte después de la derrota.

En ese esquema, el exgobernador es el Basualdo de Gioja, el hombre que sobrevive a su propio ocaso. Con una diferencia: Basualdo dejó herederos. Uñac no tiene hijos políticos, ni crías, ni continuidad. No formó cuadros, no construyó identidad, no dejó nada.

Uñac es él y sus circunstancias. Su único proyecto es sobrevivir.

El peronismo sanjuanino, mientras tanto, asiste a su propio velorio.

Un movimiento que alguna vez fue columna vertebral de la provincia hoy es un ejército de obedientes que marchan detrás de quien los llevó al abismo.

Sin voz, sin identidad, sin rebeldía.

Ese es el precio de haber confundido lealtad con sumisión.

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