Cada vez que una institución logra construir unidad, aparecen quienes intentan interpretarla exclusivamente desde la lógica de la disputa política. Eso es, en buena medida, lo que está ocurriendo hoy alrededor de la CGT de San Juan.

Reducir el debate sobre su conducción a un capítulo más de la interna del peronismo implica desconocer el verdadero papel que cumple el movimiento sindical. La CGT no nació para ordenar partidos políticos: nació para representar a los trabajadores, defender el empleo y el salario y construir un ámbito de diálogo entre organizaciones que muchas veces tienen intereses y realidades diferentes.

Y en San Juan eso adquiere una dimensión particular.

En una provincia donde conviven sindicatos de la administración pública, la construcción, el comercio, el transporte, la industria, la minería y los servicios, conseguir que decenas de organizaciones confluyan detrás de una misma conducción no es un dato menor.

Es una construcción política, sí, pero fundamentalmente sindical e institucional. Y allí aparece necesariamente la figura de Eduardo Cabello como uno de los principales articuladores de ese proceso.

Mientras buena parte de la dirigencia política sanjuanina continúa fragmentada y atravesada por disputas internas, el sindicalismo provincial ha conseguido algo que desde afuera parece mucho más sencillo de lo que realmente es: acordar, sostener una conducción y colocar determinados objetivos comunes por encima de las diferencias sectoriales.

Eso no significa que dentro del movimiento obrero no existan discusiones. Las hay, siempre las hubo y seguramente las seguirá habiendo. Es parte de la vida democrática de cualquier organización.

Lo que resulta difícil de sostener es que cada movimiento dentro de la CGT deba explicarse necesariamente a partir de la interna de algún partido político.

Hacerlo supone, además, reducir a cientos de dirigentes gremiales y a miles de trabajadores representados por esas organizaciones a simples piezas de una disputa partidaria.

La fortaleza de la CGT sanjuanina tampoco reside únicamente en el nombre de quien ocupa su conducción. Su verdadero poder surge de la legitimidad que le otorgan los sindicatos que la integran y de su capacidad para construir consensos alrededor de una agenda común: empleo, salarios, condiciones laborales, producción y desarrollo de San Juan.

Naturalmente, cuando esa unidad existe adquiere peso institucional. Y cuando una organización adquiere peso, la política comienza a observarla, disputarla e incluso intentar influir sobre ella.

Pero allí existe una diferencia sustancial.

Una cosa es reconocer que la política intenta influir sobre la CGT. Otra, muy distinta, es afirmar que la CGT es simplemente la expresión sindical de una interna partidaria.

Confundir ambas cosas es desconocer la historia, la identidad y la autonomía del movimiento obrero organizado.

La legitimidad sindical no surge de las discusiones internas de ningún partido. Surge de la representación efectiva de los trabajadores.

Y si una conducción consigue mantener sentados en una misma mesa a los principales sindicatos de la provincia, sostener ámbitos de diálogo y construir una agenda compartida, ese resultado merece ser leído como un activo institucional de San Juan, independientemente de las simpatías políticas que pueda tener cada uno de sus protagonistas.

Porque una CGT ordenada y representativa significa trabajadores con mayor capacidad de negociación. Y una representación sindical fuerte también significa un interlocutor con peso frente al Gobierno, los empresarios y los distintos sectores productivos.

Quizás allí esté la paradoja más interesante del momento.

Mientras la política sanjuanina continúa tratando de resolver muchas de sus propias divisiones, el sindicalismo consiguió construir una mesa común.

Por eso, antes de intentar explicar la unidad de la CGT exclusivamente desde las internas partidarias, tal vez la política debería observar con mayor atención cómo fue construida.

Porque mientras algunos todavía discuten quién conduce a quién, el movimiento sindical sanjuanino parece haber entendido algo bastante más elemental: sin unidad, no hay poder de representación.

Y eso, más que una interna, es una construcción de poder.

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